Células verdes

Cuando la sanidad cubana humillaba a Estados Unidos

En 1994, el cineasta estadounidense Michael Moore realizó un experimento televisivo que terminó convirtiéndose en un episodio revelador, no solo sobre las diferencias entre los sistemas sanitarios, sino también sobre los límites de lo que podía contarse en la televisión estadounidense. El resultado fue tan incómodo que la cadena NBC decidió modificarlo: Cuba había ganado, pero los espectadores vieron proclamarse vencedora a Canadá. La historia fue relatada por el propio Moore el 18 de junio de 2007, durante una extensa entrevista concedida a Amy Goodman, en el programa Democracy Now!, con motivo del estreno de su documental Sicko.

Las Olimpiadas de la Salud: Estados Unidos, Canadá y Cuba.

A mediados de los años noventa, Moore dirigía TV Nation, un programa de investigación y sátira política emitido por la cadena estadounidense NBC. Se le ocurrió organizar una competición entre tres sistemas sanitarios radicalmente diferentes: el estadounidense, basado principalmente en los seguros privados; el canadiense, de cobertura universal y financiación pública; y el cubano, de carácter íntegramente público. La llamó Healthcare Olympics, las Olimpiadas de la Salud. Para realizarla, envió tres equipos de cámaras a las urgencias de hospitales de Fort Lauderdale, en Estados Unidos; Toronto, en Canadá; y La Habana, en Cuba.

Los equipos debían esperar hasta que llegara un paciente con un brazo o una pierna fracturados y seguir todo el proceso asistencial, evaluando tres aspectos fundamentales: la rapidez de la atención, la calidad del tratamiento y el coste para el paciente. Moore incluso consiguió que dos conocidos comentaristas deportivos, Bob Costas y Ahmad Rashad, narraran la competición como si se tratara de unas auténticas olimpiadas. El resultado, según explicó el cineasta, fue inequívoco: Cuba ganó en las tres categorías. Ofreció la atención más rápida, el mejor tratamiento y no cobró nada al paciente. Canadá quedó cerca, pero al paciente canadiense le cobraron 15 dólares por unas muletas. Y entonces llegó lo verdaderamente sorprendente.

«Mike, Cuba no puede ganar».

Cuando Moore entregó el programa a NBC, recibió una llamada del departamento de Standards & Practices, responsable de supervisar los contenidos de la cadena. La responsable le comunicó que Cuba no podía aparecer como vencedora. Moore reprodujo la conversación durante su entrevista de 2007. Según su testimonio, cuando él insistió en que Cuba había ganado efectivamente la competición, la respuesta de la cadena fue tajante: no podían decir en NBC que Cuba había ganado porque iba contra sus normas. Moore se negó a modificar el resultado. Pero, según relató, dos días después, cuando se emitió el programa, NBC había cambiado el desenlace y proclamado vencedora a Canadá. No se trataba de un problema con la metodología del experimento ni de una discusión sobre los costes hospitalarios. La objeción que Moore describió era explícitamente política: Cuba no podía ganar.

Una televisión estadounidense podía reconocer que Canadá ofrecía una asistencia sanitaria superior a la estadounidense, pero no estaba dispuesta a admitir públicamente que un país comunista, sometido durante décadas al embargo económico de Estados Unidos, hubiera obtenido mejores resultados en aquella comparación. Y el dato más revelador es que no estamos ante una denuncia anónima: fue el propio director del programa quien contó públicamente cómo se alteró su contenido.

Sicko: la historia que Moore volvió a contar.

Años después, en 2007, Michael Moore estrenó Sicko, un documental dedicado a denunciar las contradicciones del sistema sanitario estadounidense. La película compara la situación de Estados Unidos con la de Canadá, Francia, Reino Unido y Cuba, mostrando cómo los seguros privados, las exclusiones de cobertura y los elevados costes médicos pueden convertir una enfermedad en una tragedia económica.

Uno de sus episodios más conocidos tiene como protagonistas a varios estadounidenses que habían participado en las labores de rescate y limpieza tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y que sufrían graves problemas de salud. Moore los llevó primero hasta las proximidades de la base estadounidense de Guantánamo, reclamando que recibieran la misma asistencia médica que se proporcionaba a los prisioneros allí recluidos. Al no conseguirlo, los trasladó a La Habana, donde fueron atendidos por médicos cubanos. El contraste era demoledor: personas que habían arriesgado su salud durante una de las mayores tragedias de la historia estadounidense encontraban en Cuba una atención médica que, según sus propios testimonios, no habían conseguido recibir adecuadamente en su país.

Moore explicó que había quedado impresionado por el sistema cubano, especialmente por su orientación preventiva y su capacidad para prestar asistencia con recursos económicos extraordinariamente limitados.

Veintisiete veces más gasto sanitario por habitante.

Las cifras que se manejaban en 2007 permiten comprender la magnitud del contraste. En julio de ese año, durante la polémica provocada por Sicko, el periodista médico Sanjay Gupta presentó en CNN los siguientes datos de gasto sanitario anual por habitante, siendo el de Estados Unidos 6.096 dólares y el de Cuba de 229 dólares.

Estados Unidos gastaba, por tanto, 26,6 veces más dinero por habitante. Pese a esa diferencia abismal de recursos, los resultados sanitarios de ambos países no presentaban una distancia comparable en indicadores como la esperanza de vida. Moore destacó especialmente la elevada disponibilidad de médicos cubanos y la importancia concedida a la medicina preventiva y a la atención primaria. La comparación plantea una cuestión esencial: ¿qué proporción del gasto sanitario se dedica realmente a atender a los pacientes y cuánto se consume en costes administrativos, aseguradoras, intermediarios y beneficios empresariales?

El modelo cubano demuestra, al menos en determinados indicadores y experiencias documentadas, que disponer de muchos menos recursos económicos no impide alcanzar resultados sanitarios significativos. Y pone de relieve el potencial de una estructura pública integrada, donde la asistencia se organiza como un servicio colectivo y no como un conjunto de contratos comerciales.

Cuando Cuba superaba a Estados Unidos en mortalidad infantil y esperanza de vida.

Pero los contrastes entre ambos sistemas sanitarios no se limitaban a los experimentos televisivos de Michael Moore ni a las diferencias de gasto sanitario. Durante años, Cuba consiguió indicadores de salud pública comparables a los de las grandes potencias desarrolladas y, en determinados aspectos, incluso superiores a los de Estados Unidos. Y no era una afirmación exclusiva del Gobierno cubano.

El 25 de abril de 2010, el diario español El Mundo publicó una información de la agencia EFE titulada «La tasa de mortalidad infantil en Cuba, inferior a la de EEUU, según UNICEF». La noticia recogía las declaraciones de José Juan Ortiz Brú, representante de UNICEF en Cuba, quien destacaba que la isla figuraba entre los países que mayores progresos habían conseguido en supervivencia y desarrollo infantil. Según Ortiz Brú, la amplitud y calidad de los servicios hospitalarios cubanos destinados a madres y recién nacidos se encontraban entre las más elevadas del mundo. El representante de UNICEF vinculaba esos resultados a las políticas públicas desarrolladas en Cuba para garantizar los derechos de la infancia y el acceso a la asistencia sanitaria.

Los datos confirmaban aquella valoración. En 2010, Cuba registró una mortalidad infantil de 4,5 fallecimientos por cada 1.000 nacidos vivos, frente a los aproximadamente 6,15 de Estados Unidos. La tasa estadounidense era, por tanto, alrededor de un 37 % superior. Y no se trataba únicamente de la mortalidad infantil. Cuba había llegado incluso a superar a Estados Unidos en esperanza de vida. Según las series históricas del Banco Mundial, en 2003 la esperanza de vida cubana alcanzó los 77,41 años, frente a los 77,04 de Estados Unidos. En 2005, Cuba conservaba una pequeña ventaja, con 77,54 años frente a 77,49.

Aunque Estados Unidos volvió a situarse por delante en los años posteriores, la comparación resulta extraordinaria: un país con recursos sanitarios muy inferiores y sometido durante décadas al embargo estadounidense había conseguido superar a la primera potencia económica mundial en mortalidad infantil y, durante bastantes años, también en esperanza de vida. No hablamos de percepciones subjetivas sobre la calidad de la asistencia, sino de indicadores poblacionales fundamentales: cuántos niños sobreviven a su primer año de vida y cuántos años pueden esperar vivir los habitantes de un país. Estos resultados reflejaban décadas de políticas de atención primaria, seguimiento del embarazo, asistencia maternoinfantil y medicina preventiva, integradas en un sistema sanitario de cobertura universal. La noticia de El Mundo describía, por ejemplo, cómo los hospitales cubanos favorecían el contacto permanente entre la madre y el recién nacido durante las primeras 48 horas, el inicio precoz de la lactancia materna y la participación familiar en los cuidados. La importancia de estos resultados resulta todavía mayor cuando se considera la extraordinaria diferencia de recursos económicos entre ambos países.

Estados Unidos gastaba decenas de veces más por habitante en sanidad, pero ese enorme desembolso no le garantizaba mejores resultados en algunos de los indicadores más importantes de salud pública.

La situación cubana, lamentablemente, ha cambiado considerablemente en los últimos años. La pandemia, el agravamiento de la crisis económica, la escasez de medicamentos y equipamiento, la emigración de profesionales sanitarios y el endurecimiento de las sanciones estadounidenses han deteriorado gravemente las condiciones de funcionamiento de sus servicios sanitarios. La propia Organización Panamericana de la Salud ha documentado las consecuencias de esta crisis, que afecta a la disponibilidad de medicamentos, al funcionamiento de los hospitales y a la continuidad de numerosos tratamientos.

Pero el deterioro actual no borra los resultados históricos. Durante años, un país pobre, sometido al embargo de la primera potencia económica mundial y con una fracción de sus recursos sanitarios, consiguió superar a Estados Unidos en mortalidad infantil y, en algunos años, también en esperanza de vida. Y no lo afirmaba únicamente el Gobierno cubano: organismos internacionales como UNICEF reconocían públicamente sus logros sanitarios.

Aquellos resultados no demostraban que todos los aspectos de la sanidad cubana fueran superiores, pero sí que su organización pública, la prevención y la atención primaria podían conseguir resultados extraordinarios con recursos económicos muy limitados.

Y eso plantea una pregunta especialmente incómoda: si Cuba consiguió aquellos indicadores con semejantes restricciones presupuestarias, ¿qué explica que Estados Unidos, gastando decenas de veces más por habitante, no lograra superar sus resultados en mortalidad infantil y llegara incluso a quedar por detrás en esperanza de vida?

La sanidad como derecho o como negocio. La crítica central de Moore no consiste simplemente en comparar hospitales, sino en cuestionar los incentivos económicos de un sistema en el que las aseguradoras obtienen beneficios administrando riesgos y limitando gastos.

En su entrevista con Democracy Now!, el cineasta denunció que el interés financiero de una compañía aseguradora puede entrar en conflicto directo con las necesidades médicas del paciente: cuanto menos dinero desembolsa en determinadas prestaciones, mayor puede ser su margen de beneficio. El contraste con Cuba resulta especialmente significativo. Allí, la prestación sanitaria se organiza dentro del sector público, sin aseguradoras privadas que deban remunerar a sus accionistas por gestionar la cobertura médica. Eso no significa que la sanidad cubana carezca de problemas, dificultades materiales o deficiencias. Significa que su estructura de financiación, organización y prestación responde a una lógica diferente.

Y es precisamente esa diferencia la que permite plantear una pregunta que trasciende cualquier ideología: ¿debe organizarse un sistema sanitario para maximizar la atención a la población o para compatibilizar esa atención con la rentabilidad de las empresas que intervienen en él?

La victoria que no podía televisarse.

Lo más revelador de esta historia quizá no sea que un hospital cubano ganara una pequeña competición organizada por Michael Moore. Un experimento televisivo con tres pacientes no constituye, por sí solo, una evaluación científica de tres sistemas sanitarios nacionales. Lo verdaderamente significativo es lo que el cineasta denunció que ocurrió después. Según su testimonio, la dirección de una gran cadena estadounidense decidió alterar el resultado de aquella competición porque no estaba dispuesta a reconocer una victoria cubana.

Y esa decisión, si se acepta el relato de Moore, dice tanto sobre los condicionamientos ideológicos de los medios de comunicación como sobre la propia comparación sanitaria. No hacía falta proclamar la superioridad absoluta del sistema cubano. Bastaba con contar lo que habían registrado las cámaras: en aquella prueba concreta, Cuba había ofrecido la atención más rápida, la mejor valorada y sin coste para el paciente. Pero ni siquiera eso podía decirse.

Años después, Sicko recuperó el debate y volvió a enfrentar al espectador estadounidense con una paradoja difícil de ignorar: que la primera potencia económica del mundo, capaz de gastar cantidades extraordinarias en sanidad, no garantizara a todos sus ciudadanos una asistencia médica accesible, mientras un país con recursos muchísimo más modestos había construido un sistema de cobertura universal. La sanidad cubana ganó aquellas Olimpiadas de la Salud. Pero, según denunció Michael Moore, en la televisión estadounidense ni siquiera le permitieron subir al podio.

CIMAvax: cuando los enfermos estadounidenses viajaban a Cuba para tratarse del cáncer.

La historia de Michael Moore no fue el único episodio en el que la sanidad cubana puso en evidencia las contradicciones del sistema estadounidense. Años después, pacientes de Estados Unidos comenzaron a viajar a Cuba para recibir un medicamento contra el cáncer de pulmón desarrollado por científicos cubanos y que no estaba disponible de manera ordinaria en su propio país.

El medicamento se llama CIMAvax-EGF, una vacuna terapéutica desarrollada por el Centro de Inmunología Molecular de La Habana para determinados pacientes con cáncer de pulmón no microcítico. A diferencia de las vacunas preventivas, CIMAvax se administra a personas que ya padecen la enfermedad. Su mecanismo consiste en estimular la producción de anticuerpos contra el factor de crecimiento epidérmico (EGF), una proteína que interviene en los mecanismos de proliferación de determinadas células tumorales.

En abril de 2017, la BBC publicó un reportaje titulado Why an American went to Cuba for cancer care, que relataba la historia de Judy Ingels, una estadounidense de 74 años diagnosticada de cáncer de pulmón avanzado. Ingels viajó desde California hasta La Habana para recibir CIMAvax. Según el reportaje, durante los primeros meses de aquel año, 32 pacientes estadounidenses habían acudido al centro médico cubano La Pradera para recibir el tratamiento. No eran turistas convencionales. Eran enfermos de cáncer que buscaban una alternativa terapéutica y estaban dispuestos a afrontar las restricciones impuestas por su propio Gobierno a los viajes médicos a Cuba.

Algunos pacientes estadounidenses utilizaron terceros países para desplazarse hasta la isla y acceder al medicamento, una situación que revela hasta qué punto el embargo podía interferir incluso en las decisiones personales de quienes buscaban asistencia sanitaria. Uno de los testimonios más conocidos fue el de Mick Phillips, un empresario de Wisconsin que, después de recibir quimioterapia y radioterapia y sufrir una recaída, comenzó a viajar a Cuba para tratarse con CIMAvax. En 2017, la televisión pública estadounidense PBS documentó su historia y su supervivencia durante varios años después de las expectativas iniciales comunicadas por sus médicos.

Pero CIMAvax no era simplemente un producto rodeado de testimonios esperanzadores. Un ensayo clínico cubano de fase III, publicado en 2016 en la revista científica Clinical Cancer Research, había estudiado a 405 pacientes con cáncer de pulmón avanzado. Entre los pacientes que recibieron al menos una dosis, la mediana de supervivencia fue de 10,83 meses frente a 8,86 meses en el grupo de control. La supervivencia a cinco años alcanzó el 14,4 % entre los vacunados, frente al 7,9 % de los controles.

Y aquí aparece otra paradoja extraordinaria. El Roswell Park Comprehensive Cancer Center de Buffalo, uno de los centros oncológicos especializados de Estados Unidos, estableció una colaboración científica con Cuba para investigar CIMAvax en pacientes estadounidenses. El medicamento desarrollado por una institución pública cubana, en un país sometido al embargo estadounidense, terminó siendo objeto de ensayos clínicos en la propia potencia que mantenía aquellas restricciones comerciales. La historia fue suficientemente significativa para que la televisión pública PBS le dedicara en 2020 un documental de su serie NOVA, titulado Cuba's Cancer Hope. El reportaje mostraba cómo la investigación cubana había conseguido desarrollar una inmunoterapia que despertaba interés en Estados Unidos y llevaba a pacientes estadounidenses a buscar tratamiento fuera de sus fronteras.

Una circunstancia que encierra una ironía difícil de ignorar: enfermos procedentes de la nación que más dinero gastaba en sanidad viajaban a una pequeña isla caribeña, económicamente mucho más pobre, para acceder a un medicamento desarrollado por su investigación pública.

El escorpión azul: miles de enfermos de cáncer llegaban a Cuba desde todo el mundo.

Otro episodio de gran repercusión internacional tuvo como protagonista a un pequeño escorpión endémico de Cuba, el Rhopalurus junceus, conocido popularmente como escorpión azul. El biólogo cubano Misael Bordier comenzó a investigar las posibles propiedades medicinales de su veneno, especialmente sus efectos sobre determinados procesos inflamatorios y tumorales. De aquellas investigaciones surgió un preparado conocido como Escozul, que despertó un interés extraordinario entre pacientes oncológicos de numerosos países.

Posteriormente, la empresa estatal cubana Labiofam desarrolló Vidatox, una preparación homeopática obtenida a partir del veneno de este escorpión. La demanda internacional alcanzó dimensiones sorprendentes. Ya en 2001, la agencia de noticias IPS describía la presencia de pacientes extranjeros que acudían a instalaciones cubanas buscando el preparado, entonces suministrado gratuitamente después de una evaluación individual.

La situación se intensificó durante los años siguientes, especialmente después de que varios reportajes televisivos europeos difundieran la existencia del producto y los testimonios de personas que afirmaban haber experimentado mejorías. En octubre de 2010, un reportaje emitido en Italia provocó una auténtica avalancha de pacientes hacia Cuba. Según informaciones de la agencia alemana DPA, el 4 de octubre acudieron 350 italianos a Labiofam y al día siguiente llegaron más de 250. Durante las jornadas posteriores continuaron presentándose centenares de personas.

En 2013, el periódico estadounidense Miami New Times publicó una extensa investigación sobre esta historia. Uno de los médicos de Labiofam recordaba que, cuando llegaba a trabajar a las seis de la mañana, ya encontraba largas colas que rodeaban la manzana. También describía vuelos procedentes de Europa llenos de enfermos oncológicos interesados en conseguir el preparado. El fenómeno resultaba extraordinario: pacientes de países con sistemas sanitarios mucho más ricos y desarrollados viajaban hasta Cuba buscando un producto de su investigación farmacológica.

Resulta significativo que un preparado investigado y producido en Cuba despertara semejante demanda internacional, hasta desbordar la capacidad de atención de sus laboratorios. Y demuestra, como mínimo, que la investigación biomédica cubana había adquirido una proyección internacional impensable para un país de su tamaño y recursos económicos.

La pandemia: China recurrió a tecnología cubana y Cuba desarrolló sus propias vacunas.

Durante la pandemia de COVID-19, la biotecnología cubana volvió a adquirir protagonismo internacional. En enero de 2020, cuando el coronavirus comenzaba a propagarse por China, la Comisión Nacional de Salud china incluyó entre los medicamentos seleccionados para tratar la enfermedad el interferón alfa-2b recombinante, fabricado mediante tecnología cubana. El producto se elaboraba en China desde 2003 mediante ChangHeber, una empresa mixta chino-cubana.

La historiadora Helen Yaffe, de la Universidad de Glasgow, documentó este episodio en un artículo publicado por la London School of Economics el 18 de marzo de 2020. El interferón alfa-2b no era una vacuna, sino una proteína con actividad inmunomoduladora y antiviral. Su utilización inicial contra la COVID-19 no demuestra por sí misma su eficacia clínica frente a la enfermedad, pero constituye un ejemplo de la transferencia internacional de tecnología farmacéutica cubana.

Lo más importante, sin embargo, llegaría después. Mientras numerosos países dependían de las vacunas desarrolladas por las grandes multinacionales farmacéuticas, Cuba puso en marcha sus propios programas de investigación y consiguió desarrollar, fabricar y autorizar tres vacunas nacionales contra la COVID-19:

  • Abdala, desarrollada por el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología.

  • Soberana 02, desarrollada por el Instituto Finlay de Vacunas.

  • Soberana Plus, concebida para determinados esquemas de inmunización y refuerzo.

Abdala recibió autorización de emergencia en Cuba el 9 de julio de 2021. Con ello, Cuba se convirtió en el primer país latinoamericano que desarrolló y autorizó una vacuna propia contra la COVID-19. Y no se limitó a fabricarlas para su población. En septiembre de 2021, Associated Press informó del comienzo de las exportaciones comerciales de Abdala a Vietnam y Venezuela. El envío a Vietnam incluía 900.000 dosis adquiridas por el Gobierno vietnamita y otras 150.000 donadas por Cuba. Además, ambos países habían acordado la compra de al menos cinco millones de dosis. También se suministraron vacunas a Nicaragua y se establecieron acuerdos de colaboración y producción con Irán.

Un país de aproximadamente once millones de habitantes, con una economía de recursos limitados, consiguió desarrollar varias vacunas, fabricar millones de dosis, organizar campañas nacionales de inmunización y exportar parte de su producción. Y todo ello en condiciones particularmente difíciles, pues el embargo estadounidense complicaba el acceso a equipos, materias primas, reactivos, suministros y tecnologías necesarios para la producción farmacéutica. Sin embargo, Cuba disponía de una ventaja acumulada durante décadas: una industria biotecnológica de titularidad pública, articulada con universidades, centros de investigación, laboratorios farmacéuticos y el propio sistema sanitario. La decisión de invertir en biotecnología desde los años ochenta permitió formar investigadores, desarrollar plataformas tecnológicas y adquirir capacidades propias que terminaron resultando decisivas durante la pandemia.

Mientras países con economías muy superiores dependían de la adquisición de vacunas extranjeras, Cuba había conseguido desarrollar las suyas y exportarlas. No fue un milagro ni un resultado improvisado. Fue el fruto de una estrategia de investigación sostenida durante décadas y de una estructura científica integrada en el sector público.

La investigación sanitaria pública como decisión política.

Los episodios relatados tienen algo en común. Las Olimpiadas de la Salud organizadas por Michael Moore mostraron que un hospital cubano podía superar, en aquella comparación concreta, a hospitales de Estados Unidos y Canadá en rapidez, valoración de la atención y coste para el paciente. Sicko mostró a ciudadanos estadounidenses buscando en Cuba una asistencia sanitaria que no habían conseguido recibir adecuadamente en su propio país. CIMAvax demostró que la biotecnología pública cubana era capaz de desarrollar medicamentos oncológicos con resultados clínicos que despertaron el interés de centros de investigación estadounidenses. Escozul y Vidatox protagonizaron un fenómeno de demanda internacional que llegó a desbordar las instalaciones cubanas. Y durante la pandemia, Cuba consiguió aportar tecnología farmacéutica utilizada en China y desarrollar, producir y exportar vacunas propias contra la COVID-19.

No se trata de negar las deficiencias de la sanidad cubana, las dificultades económicas del país o los problemas que afectan actualmente a sus hospitales y servicios públicos. Tampoco es necesario presentar a Cuba como un modelo perfecto para reconocer los resultados de su investigación biomédica y de su apuesta histórica por la sanidad pública. La cuestión de fondo es otra: ¿cómo ha podido un país con recursos económicos tan limitados desarrollar capacidades sanitarias y biotecnológicas que incluso países mucho más ricos han considerado de interés?

Una parte importante de la respuesta se encuentra en sus prioridades de inversión, en la formación de profesionales, en la investigación sostenida y en la integración de las distintas instituciones sanitarias y científicas. El sistema cubano evita determinados costes inherentes a los modelos dominados por aseguradoras privadas: la remuneración del capital de esas compañías, la comercialización de múltiples pólizas y parte de la complejidad administrativa asociada a la fragmentación de la cobertura.

Eso no significa que la gestión pública sea automáticamente eficiente ni que esté libre de burocracia o errores. Significa que puede organizar la atención y la investigación en torno a objetivos colectivos, sin necesidad de supeditar cada decisión a la rentabilidad de operadores privados. Y los resultados de la biotecnología cubana muestran que una política científica pública, sostenida durante décadas, puede generar capacidades notables incluso con presupuestos muy inferiores a los de las grandes potencias.

Cuando la mayor potencia sanitaria del mundo tuvo que mirar hacia Cuba.

La contradicción resulta difícil de ignorar. Estados Unidos dispone de algunas de las universidades, hospitales, compañías farmacéuticas y centros de investigación más avanzados del planeta. Invierte cantidades extraordinarias en tecnología biomédica y lidera numerosos campos de la medicina moderna.

Pero eso no impidió que millones de sus ciudadanos carecieran durante décadas de una cobertura sanitaria suficiente, ni que algunos enfermos viajaran a Cuba para acceder a tratamientos que no podían obtener de forma ordinaria en su propio país. Tampoco impidió que un medicamento oncológico cubano terminara siendo investigado en un prestigioso centro especializado estadounidense.

Ni que científicos cubanos desarrollaran vacunas propias durante una emergencia sanitaria mundial, pese a disponer de muchos menos recursos y afrontar importantes dificultades de suministro. La historia comenzó, simbólicamente, con unas Olimpiadas de la Salud cuyo resultado Michael Moore denunció que había sido alterado por NBC. Pero continuó con hechos que iban mucho más allá de una competición televisiva: medicamentos, investigaciones clínicas, pacientes que cruzaban fronteras y tecnologías farmacéuticas desarrolladas por instituciones públicas cubanas.

Porque la verdadera lección de esta historia no es que Cuba haya derrotado a Estados Unidos en todos los terrenos de la medicina. Es que la enorme superioridad económica estadounidense no le ha garantizado la superioridad en todos los resultados sanitarios, ni ha impedido que un país pequeño y sometido al embargo consiga logros científicos que merecen reconocimiento internacional.

Y quizá la pregunta más incómoda sea también la más sencilla: Si Cuba ha sido capaz de alcanzar determinados resultados sanitarios y científicos con una pequeña fracción de los recursos estadounidenses, ¿qué podría conseguir un sistema que destinara toda su capacidad económica y tecnológica a la salud de las personas, sin subordinar parte de sus decisiones a los intereses comerciales de las aseguradoras y de la industria sanitaria?

 

Fuentes y documentación

Michael Moore y las Olimpiadas de la Salud

Mortalidad infantil y esperanza de vida

CIMAvax y el cáncer de pulmón

El escorpión azul

Biotecnología cubana y COVID-19

 

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